3.12.10

Espeluznante, la luz

El viento se arremolina febrilmente, como en un largo corredor avanza sobre sí, se posa sobre sí mismo para impulsarse y parpadear su curso, se sube a las cosas y a las paredes; las mueve, las ataca. Parece agua, parece fuego, parecen humores de una tierra que bulle de conquista. Por más que se agite, por más que tiemble, siempre consigue desplegarse en la constancia o la paciencia, según sea conveniente. Es fehaciente. A menudo me he preguntado sobre esa extraña independencia, sobre el rigor de su soberanía. Se siente móvil pero etéreo. Desaparece. Su apariencia resulta compleja... para poder presentarse ante nuestros ojos debe contrastarse, debe empañarse de algo para ser percibido. La identidad radica en la diferencia; destellos que se encienden. Pero eso es sólo ante nuestros ojos, en la comodidad de su esencia él va a lo suyo, le comprende el devenir de su propia naturalidad. El viento. No se trata de que busques o creas encontrar cosas que nadie se cuestiona para intentar definir tu autenticidad, se trata de que él mismo no se cuestiona, nos cuestiona a nosotros; te sopla en el rostro… los rodeos de la pregunta por el ser.
Y te detienes entre el viento, te adormeces con el sol, te refrescas en los mares... purificas en las llamas del destino las potestades que te unen al mundo. Así y todo, la última pregunta es por ti mismo. Es más fácil preguntarse por el viento. Reconocerlo no implica ningún mérito. Uno siente que despunta algo del intelecto al preguntarse por las cosas, pero sucumbe ante el espejo. Y tal vez no haya preguntas, sino preguntas y respuestas que se suceden a lo largo de un proceso que no termina, ni satisface; comienzas a volverte viejo y entiendes que sólo has aprendido a contemplar porciones más grandes de tiempo. La contemplación no te lleva a ningún lado, te deja solo, entre todo lo que el viento sabe arrastrar. Pero él va a lo suyo, y tú ¿tú de qué vas? No vas, vienes, y ahí te quedas. Lo único que siempre ha sido tuyo es el tiempo. Conciencia de duración, se podría decir. Pero lo que dura tiene que moverse. El problema es cuando el tiempo comienza a pasar... y tú no vas en él. Una inflexión que explota en un soplo y se disipa. Y ahí va tu conciencia, arrastrada por los aires... esparcida, atomizada, inerme ante el abismo del ser. Eyectado.
Las cosas, las personas. Lo útil, lo inútil. Descripciones y distribuciones de llantos, o silencios. Los caminos que solemos tomar... El mundo y todo, todo para esquivar la pregunta que siempre vuelve. Todo por una respuesta que no está, o que descansa en otro mundo. La necesidad de construir la ilusión de tu propia existencia sobre las heridas de la daga del tiempo. Pero este mundo siempre sigue, y tú ¿tú a dónde vas? No vas, vuelves, y ya no hay lugar…
Tu pasado te persigue porque no puedes abrirte al futuro. En esto no puedes elegir, ya te hallas elegido en el tiempo que eres o que has logrado ser; lo importante es qué hacer en el tiempo que te es dado. No avanzar resulta un atrevimiento; quedas paralizado por la lasitud de la nostalgia. Por eso esta carga pesa, por eso todo se mueve lento, por eso tus bríos se secan día a día; de las noches prefiero ni hablar, supongo será aterrador. Por alguna extraña razón todo alrededor continúa. El tiempo parece haberse detenido; tú también estás detenido. Lo que pasa no te está pasando; te pasa por delante, por detrás, por el costado; lo único que te golpea son las cimas de la desesperación, los estremecimientos de un morbo que te atraviesa pero que sistemáticamente anida en tu pecho cada vez que le apetece. Te consume y te suelta en una manifestación indescifrable. Te deja a oscuras. Te mueves a tientas de ti mismo…
La furia del sol. La furia del mar. Quieres saltarte, salirte, volarte. Las intermisiones del viento que acerca y aleja a las preguntas de las respuestas, los comienzos de los finales. No te cabes. No te ocupas. Todo se fragmenta... Temes. Desconfías. Odias. Desesperas. Si no eres el tiempo que eres nunca tendrás un lugar. No habitarás. Te lo digo para decírmelo. Te lo digo para que mi propio aire se empañe de algo y todo cobre forma, se ilumine... y mi vida aparezca. Es la única manera de que lo enfrente. Supongo que de otra manera seguiría huyendo; sin huir, huyéndome. Esperamos los cupos de un atajo en vez de caber en un buen final.

(2008) 

3 comentarios:

Guillermo dijo...

Las vivencias del verbo “pasar” como algo externo tal vez expresen nuestra desaprehensión al tiempo que somos. Creo que alguna vez me describiste personalmente algo así, que ahora leo.
¿Qué será todo esto? El tiempo, distopías, la muerte, entropías… Celebro el curso del experimento. Felicidades para todos.

Anónimo dijo...

Bienaventurados quienes se atreven intrépidos en busca de su horizonte. Cabalgan intempestivamente sobre las inclemencias del tiempo...

Felicitaciones.

Bele dijo...

"Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado del alma un alma."